Cuando la intención es viajar y no simplemente aprovechar tus vacaciones, la cuestión es simple. ¿Por qué descansar en la playa o disfrutar de las maravillas de Las Vegas cuando puedes ingresar en una cultura que no entiendes, impactado por su miseria y acosado por sus vendedores? ¿Para qué pedir una cerveza a tu camastro cuando puedes dormir en una estación de trenes, abrazado a tu mochila?
Muchos de los accesorios para la vacación, resultan estorbos durante el viaje. Llevar medio guardarropa y varios pares de zapatos, por no hablar de la plancha o de la secadora de pelo, acabarán por pesarte sobre los hombros. Cargar con el celular o una tableta es lo mismo que tener un pie en el destino y el otro en el origen. ¿Eres tan importante que la sociedad no puede vivir unos días sin ti? Incluso dedicarte a disparar la cámara es una barrera entre lo que está sucediendo y tú. Captura momentos para recordar a tu regreso sin haberlos vivido plenamente, pero en realidad la experiencia es impostergable. Una buena fotografía es valiosa, pero tiene su precio. Cualquier dispositivo que te recuerde a casa, estorba. El visor de la cámara altera la realidad.
No basta con hacer acto de presencia en un sitio arqueológico o un viejo palacio: el viaje exige que por una vez el cuerpo cargue la mente. Que esté en el aquí y el ahora. Nuestro futuro está en el itinerario y nuestro pasado en el diario de viaje, si decidimos llevarlo. Cuando estamos en contacto constante con quienes se quedaron atrás, el viaje no es verdadero. Hay que partir y disfrutar solos la experiencia hasta que ésta haya concluido, para compartir después el aprendizaje y la aventura con quienes se quedaron esperándonos. Joseph Campbell, mitólogo, lo llamó “el viaje del héroe”. Sales de casa, matas al dragón y sólo entonces regresas. Hay una idea – podría decirse fantasía -, según la cual la exploración espiritual se da en la montaña o en el templo, en silencio, acompañado de crucifijos o ruedas de dharma. Sin embargo, el viaje hacia el alma también puede ser sucio y ruidoso. Podemos negar lo chocante, pero siempre acabará por alcanzarnos. En lo desagradable y en lo que infunde temor se esconden las oportunidades. “¿Cuánto puedes saber sobre ti mismo si nunca has estado en una pelea?”, pregunta Tyler Durden en Fight Club.
Entonces intervienen los valores de la odisea incómoda: en la medida en que nos enfrentamos a dificultades y retos nuevos, podremos adquirir esa sabiduría a la que se refiere Durden. Porque el propósito más profundo por el que dejamos lo conocido no es el descanso, sino el descubrimiento de nosotros mismos. Así, el viaje es doble: exterior e interior. Y el elemento de aventura es indispensable.
El viajero habrá de enfrentarse a su ignorancia de la lengua y las costumbres del lugar, a verse timado los primeros días, y en ocasiones hasta los últimos de su estancia; a extraviarse y quedarse sin dinero al mismo tiempo, a dormir en una habitación de hotel que tiene cucarachas en lugar de servibar o a señalar un platillo en el menú sin tener la menor idea de lo que está pidiendo. Después de todo, el viaje se condensará en anécdotas. Sin eventualidades, lo olvidaremos al poco tiempo y perderá todo su valor.
En la búsqueda de sitios poco frecuentados por el turismo – y que no se haga ilusiones: sigue siendo uno -, el trotamundos podría enfrentarse también a ser el único extranjero en un lugar donde no es bienvenido. Hay lugares donde, si no quieren algo de ti, no te quieren ahí.
Porque no se es lo bastante extranjero en París ni en Nueva York ni en Seúl, ni siquiera en Delhi. Uno es extranjero cuando se sabe seguro y sin embargo teme, cuando percibe que no hay otro nexo que lo una con esa gente más que el hecho de ser humano. Según Octavio Paz: “La otredad es un sentimiento de extrañeza que asalta al hombre tarde o temprano, porque tarde o temprano toma, necesariamente, conciencia de su individualidad […] En algún momento cae en la cuenta de que vive separado de los demás; de que existe aquél que no es él; de que están los otros y de que hay algo más allá de lo que él percibe o imagina”.
Con respeto a la cultura visitada, y con un poco de egoísmo, hay que exponerse y buscar lo oculto. En los sitios turísticos ya no hay tesoros por descubrir. Hay que buscar a los lugareños. Conversar con el taxista, con el tendero, con el turista local, y hay que observar a aquellos con los que no hay un diálogo posible. Todos tienen una historia que, al menos por contraste, dice algo de nosotros.
Así encontraremos los puntos en común y los difícilmente reconciliables, y diferenciaremos lo universal de lo que nos ha dado nuestra propia cultura. Nos hacemos conscientes de nuestros prejuicios y expandimos nuestra tolerancia.
Entonces, no se trata simplemente de pasarla bien y tomar autorretratos frente a los monumentos. Hay que aprender algo de nosotros. Descubrir flaquezas y fortalezas que hasta ahora han pasado desapercibidas. Para aprovecharlo realmente, hay que tener pasión por el viaje. Disfrutar de la incomodidad y e estrés que lo acompañan. Aceptar lo que nos ofrece y aprovechar cada hora. “Yo no viajo por ir a alguna parte, sino por ir. Por el hecho de viajar. La cuestión es moverse”, escribió Robert Louis Stevenson.
Rodrigo García V. RevistaPICNIC
Faber & Faber has a wonderful series of videos with book cover designer Shirley Tucker. A graduate of the Royal College, Tucker worked in Faber’s Production department as a book jacket designer from 1959 through 1987. It is great to hear about her process of designing and creating graphics sans the computer, using instruments of the past. For The Bell Jar by Sylvia Plath, Tucker used a ruling pen and compass to create the simplistic, yet dynamic jacket for the original 1963 edition. Tucker describes it as “a doodle that turned into a jacket.”
El ABC de la arquitectura
